Una gabardina verde oscuro delimitaba el espacio entre su cuerpo y el exterior, la lluvia. Un cinturón recorría su estrecha cintura. A media rodilla podía intuirse el fin de su falda. Tras la reunión en aquel hotel, salió para coger un taxi. Bajo aquel balcón vió cómo se acercaba uno, que le hizo un cruce de luces. Paró delante de ella, bajó la ventanilla derecha y le preguntó si quería un servicio. Era un chico muy atractivo, moreno de ojos negros. Su mente, en solo unas milésimas, pensó: más de uno si es posible. Corrió hacia la puerta y se metió dentro. Su pelo se había mojado y una gota resbalaba por su cuello, perdiéndose hacia abajo. Él se giró para preguntarle dónde quería ir y observó cómo la gota descendía. Ella hizo un ademán para taparse, pero fue más allá y abrió un poco su gabardina dejando ver el descenso lento por su canalillo. Tras un momento de placentero silencio, de intercambio de miradas, le indicó donde se hospedaba. Él preguntó que por dónde deseaba ir y ella, sin cortarse, le dijo que por el camino más largo. Él contestó que entonces irían por el centro, que sabía que había un gran atasco. Sin saber porqué el ambiente estaba caldeado. Parecía que ambos estaban deseando cruzarse con alguien atractivo que a la mínima insinuación se entregara por completo. Arrancó su coche. Ella mantenía una mirada pícara fija a sus ojos, a través del retrovisor. Él de vez en cuando la miraba y sonreía insinuante. Poco a poco fue desabrochando el cinturon de su gabardina, lanzándolo a los asientos delanteros. Sentía cómo se humedecía. Pasó su mano bajo la falda y llegando a las braguitas paró, estaba excitada. Él había parado en un semáforo y su mirada ya no la apartaba de ella. Desabrochó la camisa y subió su falda, dejando ver el liguero negro que sujetaba sus medias. Uno a uno de los enganches fue desabrochando. Cada click iba acompañado de una mirada. Se descalzó y se quitó las medias. Acto seguido, se situó en medio de los asientos traseros, con las piernas juntas, rodilla con rodilla. Una de ellas comenzó a abrise, alcanzando con la punta del pié el reposacabezas derecho. Una de sus manos trató de ocultar sus braguitas, mientras la otra pierna se dirigía al otro reposacabezas. Ella se recostó. La mirada del conductor se dirigió a través del espejo hacia la entrepierna de ella. Su mano empezó a moverse, dejando ver lo que ocultaba. Él entonces dirigió una de sus manos hacia el sexo de la mujer, acariciándolo y notando que estaba mojado. Después olió sus dedos y dirigió su mano hacia su pene. Ella escuchó cómo bajaba la cremallera y empezaba a acariciarlo. El coché de atrás pitó, el semaforo se había puesto verde. El taxi continuó el camino, esta vez conducía a solo una mano. Recordó que llevaba en su bolso unas pequeñas tijeras. Con ellas cortó cada tira de sus braguitas, dejando al aire su coñito para él. Uno de sus dedos pasó a acariciar sus muslos y luego empezó a rodear su clítoris. Una gotita de flujo resbaló por su vajina. Él rápidamente la recogió con sus dedos, introduciendo uno de ellos en el coñito de ella, haciéndola gemir. Tras metérselo varias veces continuó masturbándose, impregnando su polla con el flujo de ella. Cada vez que un semáforo les obligaba a parar la mano del conductor recorría su coño. Se masturbó para él con tanto placer que tuvo un orgasmo que lo recordará toda su vida. Mientras gemía, el conductor frotaba su pene y poco tardó en unirse a la coral orgásmica. Cuando notó que estaba a punto de correrse balbuceó que sentía que le llegaba y entonces él le metió varios dedos en la vagina acelerando su orgasmo. Varios sigue dejaron paso un impulso eléctrico que recorrió su cuerpo, conbulsionándolo. Él recogió parte de aquel maravilloso flujo y de nuevo empezó a masturbarse. No tuvo más remedio que parar su coche en una acera, no estaba dispuesto a conducir en aquella situación. Su mano recorría la polla, bajando y subiendo por ella a más velocidad que nunca. En poco tiempo él tuvo también un orgasmo, llenándo de semen la parte delantera. Ambos estaban extasiados. Ella se incorporó para pedirle una última cosa, chuparle uno de aquellos dedos manchados de semen y tragarlo. Tras varios minutos él de nuevo arrancó, llegando en poco tiempo al hotel que antes le había indicado. ¿Cuánto le debo? - Un servicio cada vez que vuelvas a esta ciudad.- Ella asintió, manteniendo la mirada unos segundos. Abrochó su gabardina y salió del taxi dirección a la puerta, dejando que la lluvia le cayera. Un chico le abrió la puerta y ella, sin mirar atrás, pasó dentro sin creerse lo que había pasado.

Lady Depraved